Los futuros del vino

Existe un mercado financiero, de derivados, que son los futuros. Muy sofisticado hoy en día, pero que se basa en prácticas comerciales que los fenicios aplicaban hace miles de años. Por ejemplo, un viticultor fenicio pactaba con el comerciante un precio por su futura o futuras cosechas. Imaginemos que la uva cotizaba entonces entre 1 y 2 euros, pero ambos acordaban un precio de 1,5: hacían un ‘contrato de futuros’. Aquella primera añada del contrato fue un desastre: una helada arrasó las cosechas y el precio se disparó. El comerciante, sin embargo, pudo comprar la uva a 1,5 y no subir el precio del vino en la taberna (se puso ‘largo’, es decir, ‘compró’ en el argot financiero) y el agricultor, aunque dejó de ganar (se puso ‘corto’, esto es, ‘vendió’) había cubierto su riesgo, algo que agradeció cuando al año siguiente la cosecha fue muy abundante y el precio se desplomó.

Así funcionan, básicamente, los derivados de futuros en los mercados financieros (sobre materias primas, acciones, divisas, índices…) y así debería funcionar también el del vino de Rioja. Contratos plurianuales, como el firmado estos días por uno de los grandes grupos bodegueros a 80 céntimos, con un 25% variable, garantizan el aprovisionamiento del comerciante y la renta del productor. Hace no mucho, sin embargo, el mercado del vino de Rioja funcionaba de ‘oído’. En la barra del bar Ibiza los corredores de uva lanzaban la ‘bomba’ de lo que tal bodega había pagado o estaba dispuesta a pagar por partidas, pequeñas, de uva o vino.

Eran ‘recaderos’ de bodegas con abastecimiento propio que ‘fastidiaban’ al vecino inflando el mercado. En 1999, el año de la gran helada, el grupo Codorníu, que acababa de comprar Bodegas Bilbaínas con un amplio estocaje de vino sin vender, decidió reventar el mercado pagando 425 pesetas por kilo de uva. Fue una especulación para valorar lo que tenía en bodega. Aquella portada de Diario LA RIOJA se colocó en el parabrisas de todos los remolques y no había agricultor que quisiera descargar la uva a un precio menor hasta que el sistema hizo ‘crack’ y las cooperativas se ‘bebieron’ el vino el año siguiente.

En resumidas cuentas, un compromiso de futuro (o de ‘futuros’) no sólo es de las bodegas. El agricultor, más allá de la discusión actual de los plazos de pago, debe aprovechar que este mundo está cambiando. Aunque, para ello, también debe olvidarse de bajar el domingo al bar, pagar la ronda y argumentar, a viva voz, que tal bodega le ha pagado 5 céntimos por kilo más que al ‘tonto’ de fulanito.

De ALBERTO GIL

Por Marie Mones
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